SON TIEMPOS PARA LA JUSTICIA Y PARA MIRAR LA REALIDAD CON LOS OJOS DE LA INFANCIA

A lo largo del curso 2015-2016 pude compartir la experiencia reflexiva del proyecto “La pobreza con los ojos de la infancia”. Fue un encuentro periódico de medio centenar de profesionales que se ocupan de la infancia tratando de construir un nuevo discurso sobre los impactos que el empobrecimiento familiar provoca en sus vidas. Pero también una reflexión sobre la huella derivada del empobrecimiento que los recortes han producido en los recursos de atención a la infancia, así como sobre el daño que añadimos a sus vidas con nuestras respuestas poco pensadas.

 

Los niños y niñas, los adolescentes, tienen que sufrir los empobrecimientos familiares y, a la vez, las respuestas de adultos que no miran y no escuchan, que incorporan sufrimientos a vidas que sufren. Hoy, cuando sea hace público el informe de Cruz Roja “Lo que dicen los niños y las niñas” (que viven en entornos familiares de pobreza) he pensado que podía ser útil hacer un resumen de la treintena de documentos (  Documentos para el debate) que nacieron de los encuentros. Son ideas para mantener el debate y para no resignarse ni con las interpretaciones clásicas ni con las actuaciones benefactoras dominantes.

 

Son ocho ideas clave resumidas con el deseo que –acabadas las campañas electorales (¿?)– nuestros responsables políticos hagan suyas algunas de las reflexiones compartidas.

Para pensar y actuar hay que tener presente que:

  1. Las respuestas a la pobreza olvidan a menudo la perspectiva de los niños y adolescentes. Los niños no son pobres, sufren la pobreza de sus adultos en una sociedad desigual difícil de explicar y justificar. Los impactos sobre su desarrollo, las posibilidades de aprender o de convivir, las experiencias infantiles negadas no siempre son las que nosotros destacamos. A veces miramos de ayudarlos sin descubrir sus miradas, sin respetar su condición de ciudadanos con derechos.

 

  1. Las familias pobres no son incompetentes. Necesitan ayuda cuando la pobreza crea impotencia educativa. Los niños tienen su vida en las manos de otros, dependen de los adultos que tienen que atenderlos. Ocuparse de sus familias es garantizar su derecho a importar alguien, disponer de los afectos y estímulos de sus adultos. Ayudamos porque la pobreza priva a menudo del hogar, niega el tiempo para hacer de padre o madre, puede hacer más frágiles las relaciones, enrarecer el clima emocional, hace difícil a una familia hacer de familia.

 

  1. La pobreza compromete la educabilidad. La escuela siempre necesita la comunidad. Muchos chicos y chicas que sufren la pobreza van a escuelas empobrecidas. La pobreza agudiza la segregación escolar, reproduce la desigualdad de resultados en función de los orígenes sociales, priva los alumnos de buena parte del contexto que hace posible aprender. Una escuela en positivo para los chicos y chicas que viven bajo pobreza es aquella que continúa siendo una zona de confort y un contexto educativo compartido con la comunidad.

 

  1. Tos los niños aprenden jugando. La pobreza no puede privar de ser feliz participando. Para entender el mundo hay que jugar, formar parte de una diversidad de grupos, convivir, poder ser escuchado, aportar ideas, decidir. Cuando la familia empobrece pierde la capacidad de consumo, se reducen las relaciones, vuelve la calle, quizás entretienen sólo las pantallas. Los tiempos de educación en el ocio, de experimentación en el territorio, de diversión y felicidad entre iguales tienen que estar tan garantizados como los tiempos escolares.

 

  1. Dedicarse a sobrevivir genera malestares. Acompañar no es curar ni generar conformidad. La pobreza monetaria genera otros empobrecimientos. En adultos y niños, puede alterar la serenidad vital, generar un tipo de estrés permanente, romper vínculos, introducir nuevas vulnerabilidades; al menos produce malestares, dificultades y conflictos que necesitan ser escuchados, compensados, acompañados. En ausencia de respuestas los niños pueden ser hiperdiagnosticados, tratados en lugar de ayudados a gestionar su mundo pobre.

 

  1. Las respuestas tienen que producir una vivencia de “normalidad”. Para un niño esta vivencia está especialmente asociada a la cotidianidad, a aquello que va sucediendo cada día y le permite tener experiencias vitales significativas similares a las de sus compañeros. Igualmente, las experiencias extrañas, los sufrimientos, serán vividos dentro de la normalidad si puede encontrar explicaciones (si los adultos con sus atenciones le ayudan a encontrarlas). Se convierten en maltrato, en sufrimiento excesivo si aparecen como absurdas, inexplicables, desequilibradores, generadoras de caos. “Normalizar” con la respuesta significa que, cuando un niño necesita ayuda, no lo obligamos primero a reconocer que tiene problemas o que forma parte de una categoría de sujetos con dificultades singulares.

 

  1. Antes de la crisis económica los contextos básicos en los cuales se desarrolla la vida de un niño ya estaban inmersos en profundos cambios, en diversidad de crisis. Ya teníamos dudas e incertidumbres sobre qué había que hacer, como teníamos que actuar. Las pobrezas han provocado que se hagan más evidentes, que ocupen el primer plan y tengan que ser abordadas. También tenemos que pararnos a pensar cómo actúa la crisis de la pobreza dentro de las otras crisis. Qué efecto provoca la pobreza en una escuela que ya no funcionaba, que aporta a la fragilidad de un clima familiar la inestabilidad económica, como se modifica una patología o cómo anula los efectos de determinadas intervenciones y tratamientos. La pobreza es a veces el detonador, la gota que hace derramar el vaso en una vida fragmentada y compleja.

 

  1. La pobreza actual está obligando a repensar aspectos básicos de las profesiones de ayuda, del trabajo socioeducativo, del acompañamiento terapéutico, de la educación. Pero estas ya estaban en crisis, obligadas a adaptarse a una sociedad compleja, aceleradamente cambiante, profundamente mestiza. La pobreza se produce en medio de otras muchas paradojas que obligan a apoyar a profesionales inmersos en grandes desconciertos. La pobreza actual nos recuerda que no valen las respuestas prefabricadas, que son tiempos sociales para innovar.

 

Parece bastante evidente que esta sociedad no se volverá con facilidad más justa a pesar de ser el primer cambio necesario para luchar contra la pobreza. Pero, al menos, nos tendríamos que proponer algún objetivo de equidad y reducir algunos grados la desigualdad. En realidad, la pobreza nos resulta más insoportable porque la explotación excesiva es demasiado evidente. La despreocupación por la infancia es la primera expresión de una sociedad que tiene demasiados ciudadanos esclavos de la supervivencia. La batalla mínima es garantizar un conjunto de oportunidades básicas a todos los niños, garantizar su derecho a tener infancia.

 

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Filed under Educació, Pobresa, Política Social, Valors

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