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No podemos psiquiatrizar el malestar

Esta semana, escuché del presentador de una jornada sobre salud mental el lamento de lo poco que se nos tenía en cuenta a los profesionales del sector y puso como argumento que una buena parte de las personas que se suicidan nunca habían acudido a psicólogo o psiquiatra alguno. Ni la destrucción de la propia vida ni el momento que nos toca vivir invitan a bromas, pero no pude menos que hacerme una doble pregunta: ¿si hubieran venido a visitarnos no se habría suicidado antes? ¿por qué optar por dejar de vivir ha de ser una cuestión psiquiátrica?

Del primer interrogante no me ocuparé hoy, aunque prometo escribir sobre las reglas básicas que a la hora de entender la salud mental y de ayudar a las personas deberían respetar todas las tribus de profesionales de la psicología humana, especialmente si están prestando un servicio público. La salud no puede depender del grado de rigidez y de locura conceptual que tenga el servicio al que te toque acudir.

Ahora, me preocupa el segundo. Los profesionales de la conducta humana, de la psicología o la psiquiatría, nos prestamos con demasiada frecuencia a dar explicaciones en clave patológica cada vez que se desajusta la realidad o, haciéndose más compleja, no encaja en nuestros modelos explicativos. Pensaba en Dimitris Christoulas, el farmacéutico griego jubilado que puso fin a su vida, hace unos días, en la plaza Sintagma de Atenas y, a la vez, en las personas que allí y aquí reaccionaron violentamente destruyendo el entorno que les rodeaba. Entre esos pensamientos, veía la luz una irritante conclusión: sólo quien se somete, amolda y aclimata a la realidad que le toca vivir será definido como sano.

Vivimos tiempos en los que cada día nos tocará explicar un nuevo malestar y hacer que este no destruya a las personas. Pero sería terrorífico que usemos los patrones de la patología para definir a quien decide, con gran lucidez, que no quiere vivir en el mundo de locos en el que otros le obligan a vivir. Sería terrorífico que situáramos entre los desajustados a quienes, quizás equivocándose éticamente, deciden destruir para soñar que algo de lo insoportable puede cambiar.

Nuestra tarea como terapeutas, educadores o profesionales de los social consiste en hacer que la soledad no lleve a la desesperación, en facilitar contactos y experiencias que aporten sentido, en mejorar algo la calidad de sus vidas, en descubrir conjuntamente con esas personas formas de insumisión personal y social cuyos costes reviertan sobre otros, sobre los que imponen las reglas y nos hacen vivir inhumanamente.

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