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Justificar errors policials amb errors mentals

A vegades, sembla que la historia torna. El 10 de juny, els mossos tornaven a fer una operació contra les “bandes llatines” amb la gran discreció d’avisar prèviament a les càmeres per filmar-ho en directe. Res de nou. No gastaré ni una paraula en descriure el que hi ha darrere d’operacions com ara aquesta ni de l’immens error que suposa, una vegada més, no tenir l’habilitat policial per establir adequadament la delicada línia que delimita els moviments grupals juvenils i l’activitat delictiva d’importància i no voler explicar-ho en positiu a la societat.

Escric tant sols perquè, superant els límits habituals del desconeixement de la realitat juvenil, del passat i del present, el Conseller Espadaler ha declarat que convertir fa uns anys els grups juvenils llatins en associacions culturals “va ser un error immens“. Valoració interessant en la que no inclou la supressió -amb l’arribada del seu govern- del grup de mossos molt expert i competent sobre el tema, ni la desaparició de tot el programa social i cultural que acompanyava la primera acció.

No tinc interès ni en el debat ni en que cap conseller em llegeixi. Estic convençut que Espadaler no ha vist cap de les desenes d’articles sobre “bandes” que, des de 1974, he escrit. Si torno al tema és simplement per reivindicar el que un grup de professionals diferents varem fer a partir de 2004: donar sortida humana, digna, ciutadana i eficaç a una dificultat social juvenil intensa.

Jo era, aleshores, l’Adjunt al Síndic de Greuges per a la Defensa dels Drets dels Infants i vaig actuar de mitjancer a l’ombra amb les autoritats en el procés de sortida a la llum pública d’una part significativa de grups de joves catalans amb diverses connexions vitals llatines. I allò estava i podria continuar estant ben fet.

Per no abonar més la ignorància interessada he volgut simplement recuperar, en acabar aquells anys, vaig escriure al llibre “El lugar de la infancia”: Ahora la preocupación son las bandas“. Potser la lectura serà útil entre els nous professionals que eviten els estereotips criminalitzadors habituals entre algunes autoritats.

Mentre, obro el calaix i miro la medalla i l’estrella que els amics “latins” em van regalar. Va ser molt útil. Va ser un encert.

Un recuerdo para mentes conservadoras sobre la “legalización” de los Latin Kings

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Vender vidas adolescentes para contentar votantes adultos

El pasado 17 de abril, el “Coleixo de educadoras e educadores socials de Galizia” organizaba una jornada de debate sobre las modificaciones de la Ley de protección jurídica del menor (Encontro de Infancia e Educación Social: Implicacións no traballo cotián dos cambios lexislativos). Una de ellas afecta a las nuevas formas de internamiento cerrado para los adolescentes que ni delinquen ni tienen problemas de salud mental. A partir de sus reflexiones escribí este breve artículo (ARA. Criaturas 25.04.15) que ahora comparto traducido del catalán.

Al final de legislatura se aprueban bastantes normas escoba. Leyes innecesarias de mucho valor electoralmente simbólico. Además, son de complicado debate para una oposición que ya dedica su tiempo a tratar de conquistar el poder. Casi siempre afectan a personas sin posibilidad de protesta social o electoral. Lo acabamos de ver con las adolescentes y su derecho (acompañado) a decidir libremente sobre su maternidad. Pagan la prenda del juego político para que los ciudadanos adultos voten conservadoramente.

Sin embargo, otras normas similares a punto de aprobarse quedan mucho más escondidas. Sin mucho ruido (tanto sólo un pequeño debate sobre la competencia la tienen la Comunidades Autónomas) se discuten estos días en el Congreso dos leyes que modifican el sistema de protección de menores. Una de ellas vuelve a vender vidas adolescentes para contentar votantes adultos. Se trata de una ley, orgánica, destinada a crear y regular “Centros (cerrados) para menores con problemas de conducta”. Simbólicamente, el mensaje está claro: estén tranquilos, ahora ya podremos cerrar los adolescentes que no se traigan bien.

Resulta que un adolescente no puede ser privado de libertad si no ha cometido un delito significativo y si todavía no tiene 14 años. También está claro que el sistema de salud mental no acaba de saber qué hacer con los adolescentes y no tiene recursos adecuados para gestionar sus malestares, sus conductas complicadas. Desde el sistema de protección no se quiere aceptar que un menor no puede ser protegido a cualquier precio y sin ganarse su implicación. Además, muchos de los adolescentes protegidos son espacialmente difíciles porque necesitan pasar cuentas de vidas infantiles de abandono y maltrato. Pero, con independencia de pensar qué hacer, molestan y hay que encerrarlos.

La complejidad es alta. Aun así, los profesionales que hemos dedicado la vida a trabajar con adolescentes que sufren y hacen sufrir, que venimos de historias de destrucción como la de la heroína, sabemos que en la inmensa mayoría de situaciones no tiene ningún sentido encerrarlos. Sabemos que se trata de tener espacios residenciales abiertos con una alta capacidad de influencia educativa y terapéutica. Garantizar el acompañamiento permanente e intensivo en su propio medio. Y, además, construir una permanente dosis de paciencia social (de apoyo familiar y comunitario) para conseguir que, después de unos años, lleguen a formar parte de la comunidad.

! Estimados lectores, no voten a quienes vende el espejismo de su tranquilidad a cambio de vidas adolescentes!

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DECÁLOGO PARA PREGUNTAR A LOS Y LAS ADOLESCENTES Y OBTENER RESPUESTAS ÚTILES

Una de las multiples derivas del drama educativo de esta semana (un adolescente que mata en la escuela) parece consistir en poner más alertas, en casa y en la escuela, por que parece ser que los adolescentes nos ocultan muchas cosas. A la angustia (¿como puedo descubrir a tiempo si mi hijo tiene alguna enfermedad mental?) se suman intentos de justificar la intromisión en sus vida (registar sus habitaciones, entra en sus recorridos por las webs, etc.). Un periodista (uno más esta semana!!) me acaba de preguntar: ¿Qué deben saber los padres? y ¿los profesores?. He pensado que a lo mejor era útil recuperar páginas del libro “Educar en la adolescencia. 9 Ideas clave”.

Buena parte del conocimiento de la realidad de los adolecentes con los que convivimos se puede adquirir simplemente con observar y escuchar. También, creando las condiciones para que hablen. Pero, de vez en cuando, hay que preguntar.

 

Los padres y madres se quejan de que sus hijos no hablan y de que tampoco obtienen gran cantidad de información preguntando. En un espacio educativo, en la escuela, cuando se trata de tener una sesión individual de trabajo personalizado, de seguimiento, de discusión sobre dificultades o conflictos, los “interrogatorios” de despacho se convierten en una secuencia de preguntas a las que siguen monosílabos, dejados caer con mayor menor desgana. Igualmente ocurre en los dispositivos de salud cuando el profesional, habituado a otros pacientes más dóciles, desgrana las preguntas previstas en un protocolo. El resultado: una sensación de no saber cómo llegar a saber y una gran duda sobre el valor de la información obtenida.

 

En alguna de las otras ideas clave de este libro se aborda la manera de construir circunstancias, entornos, contextos, en los que nos sea más fácil conocer al adolescente y conviene recordar que el método de entrevista de despacho, o de interrogatorio formal en casa, tiene siempre grandes dificultades y contradicciones. No obstante, cuando en diferentes momentos preguntamos para saber, conviene recordar algunos criterios como estos:

 

 

  1. Esperar el momento. Evitar preguntar cuando temen ser preguntados y reaccionaran negativamente o darán una respuesta preparada (todo buen adolescente que llega tarde a casa recorre el camino elaborando la “moto” que venderá a sus padres). Es mucho más fácil que expliquen algo cuando no parece haber problemas en el horizonte (cuando creían olvidado el conflicto, cuando no estamos buscando directamente si se droga, cuando las dificultades parecen ser agua pasada).

 

  1. No hacer más de “dos” preguntas seguidas (en casa, después de la ristra interrogativa sobre “de donde vienes”, “con quien estabas”, “qué hacías”, etc. el adolescente acaba preguntando si está en una comisaría). Las preguntas directas deben estar diluidas entre otros comentarios e intercambios de informaciones. Estamos juntos para “hablar” no para preguntarles. No siempre lo que quieren decir es lo que nos interesa saber, aunque debería interesarnos. No siempre están dispuestos a explicar lo que deseamos saber.

 

  1. Explicar algo, algo propio, entre medio. La adolescencia ha supuesto el final de la “minoría”. Para ellos y ellas “hablar” con las personas adultas comporta dar por supuesto un cierto diálogo en pie de igualdad. Se rompe la idea unidireccional del interrogatorio cuando se hace conocedor al adolescente de información singular, propia, relacionada con la vida que hemos de compartir (en casa, por ejemplo, es más fácil que nos hable de sus dificultades si nosotros, sin rollos extraños, les hacemos partícipes de algunas de nuestras dificultades laborales; en la escuela, podemos hablar sobre su implicación en un conflicto en la medida que le hacemos conocedor de nuestras dificultades para encontrar una respuesta adecuada; en una actuación de salud podemos hacer que aporte información clave si le explicamos nuestras dificultades para establecer un diagnóstico).

 

  1. Deducir, aunque sea de forma incompleta. No siempre es necesario preguntarles. Los adolescentes con la cara pagan. Sus rostros, sus actitudes, sus rebotes, sus silencios o sus discursos son una gran fuente de información (si se les mira y se les escucha). Hay que aprender a deducir. Deducir, no interpretar sesgadamente con calves psicopatológicas o de angustia avanzada (es fácil deducir cuánto han bebido a partir de cuánto dinero se pueden gastar; saber sobre sus amigos es más útil que preguntarle si usa drogas).

 

  1. Preguntar lo mismo pero de otro sujeto, de otros miembros del grupo, de otro grupo. Cualquiera que se relacione con adolescentes conoce cómo se refieren a otros (“el otro día, un amigo…”) cuando en realidad hablan de sí mismos. Es más fácil que acudan en grupo a hablar no se sabe de quién, que presentarse solos a hablar directamente de sí mismos. Se trata de aplicar en muchos momentos la misma técnica perifrástica suya. Interesarse por otros u otras situaciones para acabar sabiendo sobre ellos y ellas.

 

  1. En algunos momentos ser francos y expresar nuestra preocupación. Su tendencia a negar que ellos tengan algún problema se desmorona cuando han de hacer el ejercicio de “tranquilizarnos”, de darnos las explicaciones que nosotros les daríamos a ellos. El juego florentino, consciente en las dos partes, de las preguntas y respuestas se convierte en comunicación directa cuando se les deja clara la razón de por qué queremos saber, aceptando que a lo mejor estamos equivocados en nuestra preocupación y que no tienen por qué darnos explicaciones.

 

  1. No acusarlos. Aunque las dos partes sepamos claramente que el tema tiene que ver con ellos, comenzar por hacer que asuman su “culpabilidad” nos va cerrar todas las puertas de la información significativa sobre un hecho o una circunstancia personal. Cuando consideremos el tema de la responsabilidad ya entraré en el tema de las “excusas” (siempre tienen alguna), ahora, cuando se trata de saber actuar adecuadamente lo que pretendemos es que no se pongan el caparazón de la autodefensa.

 

  1. Dejarse engañar. Que quede claro que he escrito “dejarse”. Si nos engañan y no nos enteramos se trata de una incompetencia nuestra. Hay que permitir que nos expliquen relatos que sabemos inciertos o que están destinados a engañarnos. Pero, no es cuestión de dejarlos pasar sino de encontrar el momento para que perciban (no siempre para que lo reconozcan) que somos conscientes del engaño. Hay quien cree que en la educación no debe aceptarse la “mentira”. Ciertamente es un criterio general válido. Pero, con los adolecentes no se trata exactamente de “mentiras” sino de líos en medio de su vida liada, explicaciones contra la angustia, la confusión o el conflicto que les parecen salidas útiles. Lo importante es que descubran que no necesitan construir esos relatos para relacionarse con nosotros, que no les son útiles, que en un momento u otro intentaremos aclarar la situación aunque sólo sea para ayudarles a aclararse ellos mismos.

 

  1. Esperar para conocer más. No querer saberlo todo desde el primer momento. Ellos y ellas irán dejando caer parte de sus relatos en diferentes situaciones. Conocerlos suponer ir sumando observaciones, informaciones indirectas, respuestas directas. La suma progresiva de ese conocimiento nos permite, a menudo, evitarnos preguntas. Además, no se trata de saber de entrada sino de mantener el conocimiento de su realidad mientras continua su relación con nosotros (a veces, cuando adquirimos un conocimiento global de cómo son parecen haber cambiado).

 

  1. Guardar la confidencialidad. La información que facilita un adolescente siempre está circunscrita       a un pacto de ayuda, en unas determinadas circunstancias y con unos adultos concretos. Como norma general no debe divulgarse nunca fuera de ese contexto y el adolescente debe tener la seguridad total de que será así. Pero, ahora, me refiero a la confidencialidad “temporal” en nuestra relación con ellos y ellas. En momentos “más flojos” nos explican cosas que debemos guardar para aplicar adecuadamente en nuestra lógica educativa cotidiana, pero no debemos hacer uso a posteriori de esa información (cuando ante un nuevo riesgo nos dicen que controlan, no podemos recordarles que no es así porque, tiempo antes, nos explicaron angustiados una situación similar de descontrol; ellos sabe que lo sabemos pero no se lo recordamos sino que buscamos otros argumentos para que sean más consciente de sus debilidades)

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